Madrid, 7 de Julio de 2009
Estoy ahorrando todos los besos que te debo, por si mañana vuelves a pedirme cuentas, que es mejor prevenir que lamentar. Ya hace un tiempo que, cual Pretty woman, no dejo que ningún otro me coma los morros, no valla a ser que me decida a olvidarte (y lo consiga). Que si un día escuché contigo a Sabina, hoy todos sus versos me recuerdan a tí, a cada una de las tonterías que salieron de tu boca y mi cara y es demasiado eso de exponerme a sentir de nuevo. No me digas que ya no te acuerdas del destino que nos leyó aquella mujer en unos posos de café, la playa y un par de hamacas en Belice y un amor incandescente, eterno en su brevedad (supongo). Ya volvemos a Ismael, que es amigo tuyo ya lo sé, y que es mejor dejar a los amigos fuera de estos asuntos, también lo sé, pero a veces me es imposible.
Últimamente no hago más que pensar en tí, severa en los momentos en que te busco y lloro por no encontrarte sentado con la guitarra en el sofá, escribiendo acordes reencontrados en tu cuaderno con las tapas gastadas y recordando las más de mil arrugas que dejaste en las almas de ciento una mujeres.
Explorando los rincones que quedaban en los lamentos de tus ojos encontré la alegría que nos faltaba, un poco tarde, lo sé, pero ya te digo que aún guardo la esperanza de verte aparecer por la puerta, de vuelta de algún concierto a saber donde, sorprendiéndome en mitad de la noche, como aquella vez en la que te pedí que no te fueras.
Intento recordar cómo era robar el aliento de tu boca, pero hay momentos en los que se vuelve confuso este saber que alguna vez tuve de tu cuerpo. No es fácil acostarse y darme cuenta de que es mejor desenarmorarme de tí, buscar el calor que me falta sin tus brazos cubriendo mis pechos y no encontrarte al otra lado de la cama, mirándome entre los susurros de la noche, esos mismos que alguien regaló al viento que los trajo hasta este piso de Madrid.
Sólo tú entendiste de mis obsesiones y mis miedos, de mis alegrías a las tres de la mañana y de los despertares encharcados de mi almohada, de las noches iluminadas por tus caricias y los días oscuros sin tus gestos, buscando una playa en la que naufragar en esta Madrid desde la que a veces hasta se puede ver el mar.
Leo




